Por Bernardo Salduna
En las generosas palabras que me dedica en el ejemplar que tengo en mis manos, y acabo de leer, el autor de la obra me atribuye “conocer muchas de estas historias desde el complejo y privilegiado lugar de protagonista”.
Como, efectivamente, a través de la vida, resulta cierto, me unió una relación personal y política, por momentos cordial y afectuosa, y también en otros tiempos, tormentosa y conflictiva con el biografiado, (parafraseando a Mauricio Macri cuando habla de su padre, “mayor maestro y gran antagonista”) puedo dar fe de la autenticidad de muchos de los hechos narrados en el libro. Y también, agregar otros, de mi propia cosecha.
Es verdad, y el relato así lo corrobora que, a pesar de las críticas que pudieron hacerse, y se hicieron al Dr. Montiel, más allá de algún hecho administrativo de menor importancia, nunca, ni por sus más enconados enemigos se puso en duda su honestidad personal en el manejo de la cosa pública. Cuestión que quizá, debiendo darse por descontada, cobra mayor relieve en la comparación con otros gobernantes que sucedieron o antecedieron en el pago chico.
Como le escuché decir en un vibrante discurso “pueden acusarme de meter la pata, pero no la mano”.
Profundo conocedor de su Provincia. Tanto en el territorio , como en la gente: recuerdo una reunión con funcionarios de vialidad provincial en que le enmendó la plana a uno haciéndole una descripción, casi fotográfica, de los caminos troncales y vecinales de un lejano departamento.
Una de las facetas más destacadas y rescatables de sus gobiernos fue la preferente atención a los pequeños poblados urbanos semirurales; a muchos elevó a la categoría municipal y proveyó de servicios básicos, quizá en estas lugares es donde más perdura su recuerdo favorable.
Federalista, en la buena línea de Urquiza o Ramírez, a quienes admiraba y citaba, defensor a rajatabla de los atributos entrerrianos ante el poder central. Llegó incluso a enfrentarse con el gobierno nacional de su propio partido cuando en 1985 resolvió que el Banco de Entre Ríos dispusiera del encaje obligatorio del Banco Central, para atender urgentes necesidades locales-
De la misma manera, aun en épocas de dificultades se negó obstinadamente a transferir a la órbita nacional el agente financiero de la Provincia y su sistema previsional.
Cuando la crisis del 2001, y su repercusión en las angustias financieras de la Provincia, el entonces ministro Cavallo condicionó en buena medida la necesaria asistencia del gobierno nacional a ciertos acuerdos de tipo electoral. Montiel -se recuerda- rechazó de plano la imposición prefiriendo que la Provincia afrontara la debacle por sus propios medios .En categoría de Max Weber, plausible desde la “la convicción”, quizá discutible desde la “ética de la responsabilidad”…
Sergio Montiel sostenía una concepción que, con alguna licencia, podíamos considerar “keynesiana”: creía en un Estado activo, promotor y orientador en materia económica, hasta empresario, si daba el caso, y así lo puso en evidencia durante sus dos administraciones.
Lamentablemente no estaba en consonancia con la tendencia imperante en los tiempos que le tocó gobernar, y así, muchos de sus emprendimientos terminaron en el fracaso. Hay que mencionar sin embargo entre sus aciertos la idea de crear un laboratorio de productos medicinales genéricos, en Federal, así como el desarrollo del bio diesel y la creación de la tarjeta SIDECRER.
Era Montiel una personalidad fuerte, sin llegar a autoritaria, avasallante en muchos aspectos. Para algunos, ello derivaba de que provenía de una familia de militares; su padre, teniente coronel, jefe de Regimiento, fue muerto trágicamente en Corrientes a comienzos de los años 30, precisamente en el marco de una revolución radical.
Se le criticaba, con cierta razón o sin ella, que, salvo excepciones, se rodeara de personas de escaso relieve. Como consecuencia, era él en persona quien tomaba a su cargo los manejos de distintas áreas de gobierno, lo que tornaba difícil y pesada la marcha administrativa. Lo cierto es que le costaba trabajar en equipo.
La última parte de su gobierno se enmarcó en medio de una grave crisis de la economía argentina, que, como es obvio, repercutió en la Provincia. No era su culpa, pero se me ocurre que, quizá, algunos de sus efectos más graves hubieran podido paliarse si la personalidad del gobernador hubiera sido más permeable al diálogo y el consenso.
Desde el punto de vista político era don Sergio el mejor amigo que se podía conseguir, dispuesto a brindar una mano auspiciosa a las aspiraciones políticas de aquel con quien creía congeniar.
Pero también el peor adversario, que no trepidaba en utilizar cualquier medio para combatir aquello que no concordaba con su particular punto de vista. Hasta llegar a la inescrupulosidad, como cuando sugirió que el respaldo de Alfonsín a la reforma constitucional de 1994 se debía a “una valija de dólares”.
No guardaba sin embargo odios ni rencores eternos: yo fui duro adversario político suyo, en más de una interna; llegamos a no saludarnos. Sin embargo, cuando llegó a su segundo gobierno me llamó y ofreció un lugar en el Superior Tribunal de Justicia: afirmaba que el Peronismo había politizado la Justicia, y él quería jueces independientes. Ya en funciones, me consta que alguno que otro fallo mío no le gustó, pero mentiría si dijera que me presionó o trató de torcer mi voluntad de alguna manera.
No dejaba de llamar la atención la sobriedad y mesura con que recibía los triunfos, así como la serenidad frente a los contrastes: yo me acuerdo la noche en que se discutía en la Cámara de Diputados su posible juicio político, que se rechazó por el controvertido voto del diputado Del Real.
Todos estaban pendientes del resultado, cuando se supo favorable, uno de sus allegados lo llamó alborozado para avisarle: el sr. Gobernador estaba durmiendo, debieron despertarlo. Asombra su sangre fría, en momentos que se decidía su destino político.
En la vida política los enemigos no hay que buscarlos: vienen solos. Pero Montiel parecía a veces procurar a voluntad, conflictos gratuitos: por ejemplo, cuando resolvió eliminar la llamada “Semana de la Memoria”, con que se recordaba en las escuelas el 24 de marzo del 76.
Ello le generó rispideces con organismos de Derechos Humanos y cierta izquierda. Aunque otros grupos de aquella tendencia, en especial los provenientes del viejo PC, no le retiraron su simpatía; por el contrario, muchos colaboraron activamente en su último gobierno y fueron sus puntales y fuertes defensores. Como le escuché decir con gracia, a alguien “estos muchachos cambiaron a Stalin por Montiel”.
Fuere cual fuere el juicio de valor sobre la personalidad de don Sergio, lo cierto es que nadie lo catalogó de pequeño o mediocre. Fue sobresaliente, hasta en sus errores.
Cuando su fallecimiento, una veterana militante radical de Federación, Margarita Ardoy, aludió a la vacancia dirigencial partidaria en términos significativos: “Se fue el patrón de estancia, sí. Pero no veo en el Partido un capataz que pueda hacerse cargo”.
Para pensar…
En el libro que se presenta el próximo viernes 28 en la Biblioteca Serebrinsky de Concordia, pueden apreciarse con mayor detalle y amplitud muchos de estos aspectos de la trayectoria de alguien que ha dejado su marca indeleble en la vida política de la Provincia. No es un panegírico, ni tampoco una diatriba: se presenta el personaje con sus luces y sombras. Es un trabajo bien documentado, ameno y entretenido. Sobre todo, útil para comprender cosas que ocurrieron en un pasado reciente entrerriano. Recomiendo, a propios y extraños su lectura.
















