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3 agosto 2026, 5:56 pm
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LA CASTA CONCORDIENSE SON LOS APELLIDOS QUE GOBERNARON LA POBREZA Y AHORA QUIEREN VOLVER… ¡NOOOOOOOOO!

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POBRES MUCHACHO NO LLEGAN A FIN DE MES

Busti, Urribarri, Bordet, Cresto, Gay, Giano y Orduna. Cambian los nombres de pila, pero sobreviven los apellidos, las familias y las estructuras que administraron Concordia durante más de cuatro décadas.

La reunión realizada en Luz y Fuerza no fue solamente el encuentro de algunos dirigentes derrotados en 2023. Fue una fotografía casi perfecta de la casta política concordiense: Gustavo Bordet, Ángel Giano, Armando Gay, Enrique Cresto y Florencia Busti en la primera línea; Marcelo Cresto un poco más atrás y Javier Orduna en la denominada tercera fila. Discutieron internas, falta de fondos y la posibilidad de volver a resolver las candidaturas mediante el viejo “dedo”, convenientemente presentado como “unidad”. Otros espacios del peronismo ni siquiera fueron invitados.

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No estaban reunidos para presentar un plan contra la pobreza, explicar por qué Concordia perdió oportunidades durante décadas o hacer una autocrítica por la derrota. Estaban reunidos para determinar cómo conservar los lugares en las listas. La preocupación no era cómo cambiar la ciudad, sino cómo evitar que el poder se les escape definitivamente de las manos.

Una historia que comienza en 1983 y nunca termina

El museo podría organizarse cronológicamente. En la primera sala aparecería Jorge Busti, intendente de Concordia desde 1983 hasta 1987 y luego gobernador de Entre Ríos en tres períodos: 1987-1991, 1995-1999 y 2003-2007. Su hija, Florencia Busti, participó ahora de la reunión convocada para reorganizar al peronismo local. El fundador ya no está, pero el apellido conserva una silla.

Después vendría la familia Bordet. Elvio Bordet fue intendente de Concordia entre 1987 y 1991. Su hijo Gustavo gobernó la ciudad entre 2007 y 2015, pasó directamente a la Gobernación durante ocho años y desde 2023 ocupa una banca en la Cámara de Diputados de la Nación. No es solamente la continuidad de un partido: es un apellido que atravesó generaciones, intendencias, ministerios, gobernaciones y bancas legislativas.

En otra sala aparecería Sergio Urribarri, gobernador entre 2007 y 2015 y heredero político del último gobierno de Busti. Por una cuestión de decoro, ningún Urribarri figuró entre los asistentes mencionados en el encuentro de Luz y Fuerza. Pero su ausencia física no cambia demasiado: buena parte de los dirigentes reunidos crecieron, ocuparon cargos o consolidaron sus estructuras durante el ciclo político que encabezaron Urribarri y luego Bordet.

Los Cresto: la política convertida en patrimonio familiar

La sala más grande debería llevar el apellido Cresto. Enrique Tomás Cresto fue gobernador; su hijo Juan Carlos Cresto fue intendente de Concordia en dos oportunidades; y su nieto, también llamado Enrique, fue legislador, senador, intendente desde 2015, funcionario nacional y nuevamente intendente tras regresar del ENOHSA. Ahora Enrique y Marcelo Cresto vuelven a aparecer alrededor de la misma reorganización partidaria.

En cualquier otra actividad, tres generaciones ocupando espacios centrales podrían describirse como una empresa familiar. En la política concordiense se lo llama militancia, continuidad o experiencia. Pero cuando los cargos, las candidaturas y las estructuras circulan reiteradamente dentro del mismo núcleo familiar, la palabra más precisa es casta.

No importa que cada integrante haya llegado formalmente mediante elecciones. La cuestión no es solamente jurídica ni electoral. El problema es la concentración de oportunidades políticas en unas pocas familias que se presentan una y otra vez como imprescindibles, mientras a los militantes sin apellido se les pide que peguen carteles, fiscalicen y esperen su turno durante décadas.

Orduna: el hijo que se presenta como renovación

La incorporación de Javier Orduna completa el cuadro. Orduna reclama un “recambio generacional”, pide internas y anunció que quiere ser candidato a intendente en 2027. Sin embargo, apareció en la reunión de los mismos dirigentes a los que supuestamente debería jubilar políticamente.

Pero además Javier Orduna tampoco representa la llegada de un apellido nuevo. Es hijo de Hernán Darío Orduna, quien fue vicegobernador durante la administración de Mario Moine y posteriormente intendente de Concordia. La propia documentación municipal lo registra ejerciendo la Presidencia Municipal en 2001.

Por eso, lo de Orduna no es renovación: es recambio biológico dentro de la misma casta. Cambia la generación, aparece un rostro más joven y se oscurece un poco el cabello del muñeco de cera, pero el apellido ya habitó la Intendencia y la Vicegobernación.

Orduna puede cuestionar la gestión de Francisco Azcué, denunciar problemas municipales o prometer una conducción diferente. Todo eso forma parte de la discusión democrática. Pero criticar al gobierno actual no borra la historia propia ni convierte automáticamente a un heredero político en un recién llegado.

La pregunta no es solamente qué dice Javier Orduna, sino con quién se sienta para construir lo que dice. Y cuando el supuesto renovador termina ubicado —aunque sea en la tercera fila— en el cónclave de Bordet, Busti, Cresto, Giano y Gay, la renovación empieza a parecerse demasiado a una operación de reciclaje.

Gay y Giano: los administradores permanentes

Armando Gay y Ángel Giano quizá no representen dinastías familiares tan evidentes como los Cresto, Bordet u Orduna, pero forman parte de la misma continuidad dirigencial. Ocuparon lugares centrales en el poder municipal, provincial y legislativo, participaron de las gestiones peronistas y ahora reaparecen en la mesa que pretende resolver el futuro del PJ concordiense.

No son recién llegados que encontraron una ciudad destruida. Fueron protagonistas del sistema político que gobernó Concordia y Entre Ríos durante años. Pueden discutir diferencias internas y responsabilizarse mutuamente, pero todos pertenecieron al mismo dispositivo de poder.

Mientras los apellidos continuaron, la pobreza también

El dato que convierte toda esta discusión en algo obsceno es la situación social de Concordia. Según la última medición oficial disponible, correspondiente al segundo semestre de 2025, el 49,9 % de las personas del aglomerado concordiense estaba debajo de la línea de pobreza y el 13,6 % era indigente. La medición abarcó a 166.912 personas: 83.268 eran pobres y 22.739 no lograban cubrir siquiera la canasta alimentaria.

El próximo informe del INDEC, correspondiente al primer semestre de 2026, será publicado el 24 de septiembre. Hasta entonces, el último retrato oficial muestra que prácticamente uno de cada dos concordienses es pobre.

Sería simplista responsabilizar a una sola persona o a una única gestión por cada pobre de la ciudad. Pero sería mucho más absurdo aceptar que quienes gobernaron durante décadas se presenten ahora como simples observadores de la tragedia.

Busti gobernó la ciudad y tres veces la provincia. Los Bordet gobernaron Concordia durante tres períodos entre padre e hijo, y Gustavo administró además la provincia durante ocho años. Urribarri gobernó Entre Ríos durante otros ocho. Los Cresto ocuparon la Intendencia en distintas generaciones. Hernán Orduna fue intendente y vicegobernador. Gay y Giano fueron figuras centrales del poder local y provincial.

No pueden apropiarse de cada obra cuando les conviene y declararse ajenos a la pobreza cuando llegan las estadísticas.

No derrotaron la pobreza: aprendieron a administrarla

Durante años, la pobreza fue tratada como una estructura permanente. Se repartieron módulos alimentarios, subsidios, contratos, pensiones, empleos precarios y ayudas de emergencia. Se construyó una relación en la que el ciudadano empobrecido dependía del dirigente para resolver lo que el Estado no solucionaba de manera estructural.

No se eliminó la necesidad: se la administró políticamente.

La pobreza se convirtió en territorio de punteros, intermediarios y agrupaciones. El dirigente entregaba una solución momentánea, el beneficiario debía agradecerla y la estructura conservaba su capacidad electoral. Mientras tanto, la ciudad continuaba sin producir el empleo privado, la infraestructura, la educación y la autonomía económica necesarias para romper ese círculo.

Por eso resulta irritante ver que los mismos sectores vuelvan a reunirse para discutir candidaturas sin una autocrítica pública. No explican qué falló. No presentan balances. No dicen por qué tantos años de intendencias, gobernaciones y presupuestos no consiguieron modificar la estructura social de Concordia.

Simplemente vuelven.

La falsa renovación de los apellidos

La casta no consiste únicamente en permanecer treinta años en un cargo. También consiste en preparar hijos, familiares, colaboradores y herederos para ocupar los espacios que dejan las generaciones anteriores.

Florencia Busti reemplaza la presencia física del apellido Busti. Gustavo Bordet prolongó la historia municipal de su padre y la llevó hasta la Gobernación. Enrique Cresto representa la tercera generación de una familia política. Javier Orduna pretende presentarse como novedad después de que su padre fuera intendente y vicegobernador.

Eso no significa que los hijos tengan prohibido participar en política. Significa que no pueden presentarse como víctimas de una estructura a la que pertenecen desde la cuna.

Renovación sería abrir el poder. Herencia es transmitirlo.

Los apellidos que deben rendir cuentas antes de pedir otro voto

El museo de cera de la pobreza concordiense tendría entonces varias salas:

Busti, el apellido que abrió la etapa democrática local y llegó tres veces a la Gobernación.

Urribarri, el continuador que construyó una estructura provincial durante ocho años.

Bordet, padre e hijo en la Intendencia, con Gustavo luego instalado durante ocho años en la Gobernación.

Cresto, tres generaciones alrededor del poder provincial y municipal.

Orduna, padre intendente y vicegobernador; hijo candidato presentado como renovación.

Gay y Giano, integrantes permanentes de la dirigencia que administró la ciudad y la provincia.

Por decoro no fue ningún Urribarri. Pero el museo estaba casi completo. Faltaban algunas figuras de cera; no faltaba ninguna de las prácticas que representan.

La reunión de Luz y Fuerza no mostró un peronismo preparándose para comprender a Concordia. Mostró a la vieja estructura intentando decidir si se repartirá las candidaturas mediante internas o mediante el dedo.

Mientras ellos discuten quién encabeza la lista, miles de familias discuten cómo llegar a fin de mes.

Concordia no necesita que los hijos reemplacen a los padres, que los colaboradores reemplacen a los jefes ni que los mismos apellidos cambien de orden en la boleta. Necesita dejar de votar a quienes transformaron la pobreza en paisaje, la asistencia en dependencia y el poder público en una sucesión familiar.

No es renovación. No es unidad. Es casta reorganizándose para volver. (La Caldera) al rojo vivo.

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