Demasiadas coincidencias. Demasiado conveniente. Y, como mínimo, inquietantemente extraño
Si me pasa algo, no será un accidente» es una cita famosa de John Lennon, quien la pronunció para advertir que su muerte, si ocurría, no sería un suceso fortuito, sino algo planeado:
El asesinato fue, en apariencia, simple… pero no tanto como para creer que Mark David Chapman se acercó a John Lennon, en la puerta del lujoso edificio Dakota donde vivía, sintió un impulso repentino y le disparó cinco veces.
Chapman no actuó como lo haría cualquier asesino: no huyó, no escapó, no desapareció. Tenía incluso una boca de metro a pocos metros. En lugar de eso, se sentó en un banco, sacó un libro y comenzó a leer.
Más tarde declararía que, al cruzarse con Lennon, una voz en su interior no dejaba de repetirle: «Hazlo, hazlo, hazlo».
Todos coincidiremos en que ese es el comportamiento de un loco. Sin embargo, posteriormente se dictaminó que Chapman no padecía ningún trastorno mental y que, al apretar el gatillo, no sufría ninguna enfermedad transitoria. Si esto fue así, surge una pregunta inquietante: ¿por qué mencionar la hipótesis de que la CIA pudo haber tenido algo que ver? Para responderla, hay que mirar los antecedentes.
En los años sesenta, el FBI estaba bajo la férrea mano de J. Edgar Hoover, un anticomunista obsesivo que perseguía la libertad sexual, la disidencia y cualquier atisbo de falta de decoro. En aquella época, provocaciones de los Beatles —como afirmar que eran más populares que Cristo— sentaban fatal a muchos, aunque desde Estados Unidos se observaban con cierta distancia, al tratarse de una banda británica.
Todo cambió en 1971, cuando John Lennon se mudó a Nueva York y comenzó a ejercer abiertamente su activismo político en conflictos locales. A partir de ese momento, dejó de ser solo un músico provocador para convertirse en algo mucho más incómodo para el sistema.
Hoover lo incluyó en su lista negra —a Yoko Ono también, aunque con menor intensidad— y ordenó una vigilancia permanente sobre todas sus actividades. Pronto descubrieron que Lennon donaba dinero a grupos contrarios al Partido Republicano y que participaba activamente en las protestas contra la guerra de Vietnam.
Ya separado de los Beatles, sus canciones, escritos y declaraciones fueron analizados al detalle. El veredicto interno fue tajante: lo catalogaron como marxista, una etiqueta especialmente grave en aquel contexto, pues ofrecía la excusa perfecta para activar un proceso de deportación.
Para completar el retrato que lo señalara como un indeseable, añadieron otros elementos al expediente: su consumo de drogas y un arresto previo por posesión de marihuana. Con todo ello, el cerco estaba cerrado.
Lennon y Ono fueron siempre conscientes de que estaban siendo perseguidos por el gobierno de Richard Nixon, hasta el punto de que en más de una ocasión el músico hizo manifestaciones irónicas referidas a la excesiva presencia en su casa de «técnicos del teléfono» que aparecían para arreglarle la línea.
No solo el FBI, la CIA también percibió una amenaza en el comportamiento de Lennon. Sus informes recalcaban que despertaba la simpatía de un elevado número de americanos dispuestos a seguirle en todas las banderas que ondeara, por lo que se unieron al carro de seguirle, escucharle ilegalmente e, incluso, amenazarle veladamente.
Los dos organismos de seguridad, apoyados por el presidente Nixon, escribieron muchos informes con la intención de denegarle el permiso de residencia aduciendo que su presencia era muy negativa para Estados Unidos.
Hasta aquí, los hechos están respaldados por documentación desclasificada, una práctica habitual —y conveniente— en Estados Unidos. También está plenamente acreditado que la CIA desarrolló programas de control mental, entre ellos el célebre MK Ultra, cuyo objetivo era lograr que soldados y civiles actuaran como autómatas, obedeciendo órdenes sin cuestionarlas.
Lo que oficialmente no ha podido demostrarse es que la CIA sometiera a Mark David Chapman a un proceso de lavado de cerebro. Sin embargo, esa posibilidad explicaría demasiadas cosas: su comportamiento errático durante el asesinato, la voz que aseguró escuchar ordenándole disparar y, sobre todo, ese gesto final tan poco humano de sentarse tranquilamente a esperar a que llegaran a detenerlo.
Lo único que parece indiscutible es el patrón que se repite una y otra vez en Estados Unidos: los asesinatos más emblemáticos de figuras incómodas —John F. Kennedy, Robert Kennedy, Martin Luther King, Abraham Lincoln o John Lennon— siempre son atribuidos a individuos solitarios, desequilibrados y que actúan por cuenta propia.














