La gestión actual puede ser un desastre, pero el enojo legítimo de los concordienses no puede utilizarse para restaurar a los mismos apellidos que gobernaron durante décadas, administraron la decadencia y convirtieron la pobreza en una maquinaria electoral.
La situación de Concordia es desesperante. En el primer trimestre de 2026, el 52,5% de su población estaba bajo la línea de pobreza y el 11,2% en la indigencia. Además, durante las vacaciones de invierno, la ocupación hotelera promedio apenas alcanzó el 35%. Empresarios turísticos y gastronómicos dicen que abren para mantenerse y que muchos días ni siquiera consiguen cubrir los costos.
Ante semejante realidad, resulta comprensible que exista enojo con Francisco Azcué. Su gestión transita el tercer año y no consiguió mostrar una transformación económica, turística, productiva ni social. La ciudad está deteriorada, el turismo retrocede y la pobreza vuelve a colocar a Concordia en el peor lugar del país.
No hay que defender a Azcué.
Pero tampoco hay que aceptar la trampa de que, como Azcué resultó un fracaso, la única salida sea volver con los Cresto, Bordet, Busti y los mismos sectores que administraron Concordia durante décadas.
Los concordienses no pueden ser condenados a elegir entre un desastre nuevo y los responsables históricos del desastre.
Concordia no nació pobre. No fue siempre una ciudad dependiente de los planes sociales, del empleo público, de los comedores y de los punteros políticos. Fue una de las ciudades económicas más importantes del litoral argentino.
Su puerto llegó a tener un movimiento solamente inferior al de Buenos Aires y Rosario. A fines del siglo XIX recibía más de 1.500 embarcaciones por año y la Aduana de Concordia llegó a ser una de las de mayor recaudación del país. En 1915 era una ciudad con puerto, ferrocarril internacional, industrias, productores, hoteles, teatros y numerosas entidades bancarias nacionales y extranjeras.
Era una ciudad productiva. Una ciudad comercial. Una ciudad portuaria. Una ciudad que miraba al río Uruguay como una vía de desarrollo y no como un paisaje desaprovechado.
Es cierto que el mundo cambió. Cambió la economía argentina, perdió importancia la navegación fluvial, se modificaron los sistemas productivos y el puerto dejó de operar con cargas en 1981. Nadie puede sostener seriamente que toda la decadencia comenzó en una intendencia o que la política municipal podía detener por sí sola los cambios nacionales e internacionales.
Pero desde la recuperación democrática de 1983 pasaron más de cuatro décadas. Hubo tiempo, recursos, representación provincial y nacional, gobernadores, intendentes, legisladores, ministros y funcionarios nacidos políticamente en Concordia.
¿Qué hicieron para reemplazar aquel modelo económico que desaparecía?
¿Dónde está la reconversión productiva? ¿Dónde está el desarrollo industrial? ¿Dónde está el nuevo puerto? ¿Dónde están las inversiones que debían aprovechar Salto Grande, la frontera, el río Uruguay, el citrus, la madera, el turismo, las termas y la ubicación estratégica de la ciudad?
En lugar de construir una nueva matriz económica, demasiados dirigentes construyeron una matriz electoral alrededor de la pobreza.
La pobreza dejó de ser una emergencia que debía superarse y se convirtió en una realidad que convenía administrar. Cada familia necesitada era un bolsón, un contrato, un plan, una cooperativa, una promesa o un voto cautivo. Mientras Concordia se empobrecía, los mismos apellidos continuaban ocupando intendencias, gobernaciones, ministerios, bancas y organismos públicos.
Por eso es ofensivo que ahora algunos pretendan utilizar el fracaso de Azcué para presentar a los Cresto, Bordet y Busti como la época dorada de Concordia.
No fueron simples espectadores de la decadencia. Fueron protagonistas de un sistema político que gobernó durante décadas una ciudad cada vez más pobre.
Azcué debe rendir cuentas por su gestión. No puede esconderse eternamente detrás de la herencia recibida ni responder a la crisis con propaganda, ajustes improvisados o excusas. Fue elegido para producir un cambio y hasta ahora no lo consiguió.
Pero la salida tampoco puede ser volver a quienes ya tuvieron todas las oportunidades.
Concordia necesita una alternativa de verdad: una dirigencia que no provenga del fracaso actual, pero tampoco de las familias políticas que administraron la decadencia desde 1983. Una propuesta productiva, turística, portuaria, industrial y regional que vuelva a pensar la ciudad más allá de la próxima elección.
Porque el pueblo de Concordia tiene derecho a estar cansado de Azcué.
Lo que no puede aceptar es que ese cansancio sea aprovechado por quienes empobrecieron la ciudad y después aprendieron a ganar elecciones administrando a sus pobres. (La Caldera)



















