La misma dirigencia que gobierna, ocupa cargos y se recicla desde hace dos décadas vuelve a disfrazarse de renovación. Un sector se sube al vagón de Axel Kicillof y otro espera acomodarse detrás de Sergio Massa. Cambian los nombres del frente, pero los pasajeros son los mismos representantes de la decadencia que dejó al peronismo entrerriano sin poder, sin identidad y sin una sola idea nueva.
El peronismo entrerriano prepara para este sábado la presentación del vagón de Axel Kicillof. Lo anuncian como una construcción novedosa, con intendentes y dirigentes que vendrían a expresar una etapa diferente. Sin embargo, cuando se corre el telón y aparecen los nombres, la supuesta renovación se convierte rápidamente en otra función del viejo tren fantasma del PJ.
El armado busca mostrar en primera fila a Gustavo Bastián, dos veces intendente de San José, como si la acumulación de mandatos y años dentro de la estructura partidaria pudiera presentarse ahora como una irrupción desde afuera. Bastián no es un dirigente que recién llega a la política: gobierna una de las ciudades más importantes del departamento Colón y forma parte desde hace años del sistema de poder territorial del peronismo.
También aparece Ricardo Rupp, integrante de una familia política que gobierna El Pingo desde los tiempos de Sergio Urribarri. Allí tampoco hay una expresión espontánea o novedosa, sino la continuidad de una estructura familiar y territorial que sobrevivió a los distintos ciclos del PJ, acomodándose debajo de cada nueva conducción provincial.
Detrás de ellos se ubican Enrique Cresto y Ángel Giano, dos dirigentes que constituyen el verdadero portal de la decadencia peronista de Concordia. Ambos ocuparon durante años cargos ejecutivos, legislativos y partidarios mientras la ciudad acumulaba pobreza, deterioro social y una dependencia cada vez mayor del empleo y la asistencia estatal.
Cresto fue intendente, legislador y funcionario nacional. Giano fue senador, diputado y presidente de la Cámara de Diputados. Los dos fueron protagonistas centrales del poder peronista concordiense y ahora pretenden aparecer como integrantes de un espacio que llega a renovar aquello que ellos mismos administraron durante años. La renovación, en este caso, consiste en cambiarse de vagón sin bajarse nunca del tren.
A ese conjunto se suma Marcelo Casaretto, uno más de la banda que durante décadas amagó con candidaturas, armó espacios, se acomodó con distintos gobernadores y siempre terminó encontrando un cargo o una salida dentro del mismo esquema. Casaretto representa como pocos al dirigente que se anuncia como alternativa, entretiene a los sectores descontentos y finalmente vuelve a negociar su lugar con la conducción de turno.
También aparecen nombres como Martín Oliva, Gerardo Chapino, José Lauritto y Adrián Fuertes. Ninguno puede presentarse honestamente como una novedad. Todos llevan años dentro del sistema político provincial, ocupando intendencias, bancas legislativas, ministerios o lugares relevantes dentro del partido.
Lauritto es uno de los sobrevivientes históricos del peronismo entrerriano. Fue vicegobernador, ministro, legislador e intendente. Cambiaron los gobernadores, las internas y los candidatos presidenciales, pero Lauritto siempre consiguió permanecer en la fotografía. Fuertes también construyó su carrera pasando por distintas alianzas, candidaturas y negociaciones, adaptándose con facilidad a cada etapa del poder.
El problema no es que estos dirigentes tengan experiencia. El problema es que intenten vender esa permanencia como renovación, sin explicar qué responsabilidad tuvieron en el derrumbe electoral, político y moral del peronismo entrerriano. Gobernaron durante años, eligieron candidatos, distribuyeron cargos y administraron recursos. Ahora se presentan como si recién llegaran para reparar una decadencia de la cual fueron protagonistas.
El sábado se presentará formalmente el vagón de Kicillof. Más adelante terminará de organizarse el vagón de Sergio Massa, otro dirigente que también pretende encabezar el futuro después de haber sido parte central del fracaso político y económico reciente. Entre ambos se repartirán los mismos dirigentes, de acuerdo con las expectativas de candidaturas, cargos y posibilidades de volver al poder.
No existen dos proyectos profundamente distintos. Hay dos vagones del mismo tren fantasma. En uno se acomodan quienes creen que Kicillof puede conducirlos nuevamente hacia la Casa Rosada. En el otro se ubican quienes todavía esperan que Massa vuelva a conseguir combustible electoral. Los discursos cambian, pero el objetivo es idéntico: sobrevivir.
La dirigencia peronista entrerriana no se renueva: se disfraza. Se coloca una máscara nueva, se cambia de agrupación, inventa una corriente nacional y vuelve a presentar como futuro a los mismos apellidos que gobernaban hace veinte años. Bastián acumula mandatos, los Rupp conservan su estructura familiar, Cresto y Giano representan la decadencia de Concordia, Casaretto vuelve a acomodarse y los sobrevivientes de siempre esperan su nueva oportunidad.
El sábado no se inaugura un movimiento. Se abre otro vagón. Y cuando se enciendan las luces del tren fantasma, detrás de los disfraces volverán a aparecer las mismas caras que llevaron al peronismo entrerriano hasta esta estación de derrota, decadencia y falta absoluta de renovación. (La Caldera)



















